Carta semanal del Obispo

 

Necesitamos a los pobres

D.Atilano

Muchos cristianos, siguiendo a Cristo pobre, dedican tiempo y recursos materiales al acompañamiento y a la atención de los pobres. Estos comportamientos forman parte de la entraña del Evangelio y, más concretamente, del mensaje sobre las obras de misericordia, en el que se nos invita a dar de comer al hambriento y de beber al sediento.

Sin embargo, cuando centramos la actividad caritativa y social de la Iglesia sólo en la entrega de lo que somos y tenemos a los necesitados, podemos olvidar los muchos beneficios que los pobres nos reportan. Ellos tienen muchas cosas que enseñarnos y, por tanto, es preciso que, en las relaciones con los pobres, actuemos siempre con profunda humildad para dejarnos interpelar por su situación concreta.

Quienes experimentan en sus carnes la pobreza y la marginación social nos ayudan, entre otras cosas, a no caer en la rutina de nuestras acciones, nos invitan a ser solidarios y nos animan a valorar cada instante de la vida como un regalo de Dios. La escucha de los necesitados, en quienes brilla el rostro de Cristo, nos impulsa a salir de nosotros mismos, a no cerrarnos en los pequeños problemas de cada día y a descubrir la misteriosa sabiduría que Dios quiere comunicarnos por medio de ellos.

Los pobres nos piden que concretemos el amor fraterno, que practiquemos la justicia y que vivamos con sentimientos de misericordia. Partiendo de estos efectos benéficos de la relación con los pobres, el papa Francisco nos invita a ponerlos en el centro de la misión de la Iglesia: “La nueva evangelización es una invitación a reconocer la fuerza salvífica de sus vidas y a ponerlos en el centro del camino de la Iglesia” (EG 198).

El Santo Padre llega incluso a señalar que aquellas comunidades eclesiales que no se ocupen de los pobres de forma creativa y renuncien a cooperar para que vivan con dignidad, corren el riesgo de la disolución, aunque hablen de temas sociales o critiquen a los gobernantes por su falta de compromiso.

Más recientemente, el Santo Padre se refería también a los efectos benéficos de los pobres para la misma sociedad. El día 31 de diciembre, en la homilía pronunciada con ocasión de las Vísperas Solemnes de Santa María, Madre de Dios, el Papa invitaba a defender a los pobres y a no defendernos de ellos, a los más débiles y a no servirse de ellos: “Una sociedad que ignora a los pobres, los persigue, los criminaliza, esa sociedad se empobrece hasta la miseria, pierde la libertad, prefiere el ajo y la cebolla de la esclavitud de su egoísmo y esa sociedad deja de ser cristiana. Los pobres y débiles son el tesoro de la Iglesia y de la sociedad”.

Que el Señor nos conceda la dicha de contemplar a los necesitados como el verdadero tesoro de la Iglesia y de la sociedad. De este modo, podremos ayudarles a solucionar sus problemas y estaremos también en condiciones de dejarnos ayudar por ellos.

Con mi sincero afecto, feliz día del Señor.

Atilano Rodríguez, obispo de Sigüenza-Guadalajara